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La luz al final del tunel. Craig Spector - John Skipp



Editorial:Martínez Roca
I.S.B.N.: 978-84-270-1528-9
P.V.P. Euros: 9,62 ?
Texto Contraportada



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Nuestra Crítica

Al igual que los libros de ciencia ficción se pueden identificar claramente por el año cuando fueron escritos, e igualmente pasa con las películas y su forma de tratar los personajes o la imagen, el terror moderno (de 100 años para acá) es un género en el que se identifica claramente la década en el que fue escrito. Y si algo caracteriza el terror de los 80 es la influencia de Stephen King: historias que se situan en ciertos microcosmos, terror en los elementos más urbanos y rutinarios, crítica social donde menos te lo esperas, violencia efectista y efectiva, referencias en cada página, y finales espectaculares. "La luz al final del tunel" (fabuloso título irónico) es tan ochentera o más que los videojuegos con fondo negro, las películas de Michael J. Fox o las hombreras. En lo suyo, claro.


Pero además es una novela muy satisfactoria, una de las mejores del género con las que me he cruzado, y por ello me sorprenden ver críticas que la dejan como un producto meramente simpático, una "copia de", y me da hasta algo de vergüenza reconocer que me lo pasé como un enano con este festival de humor negro. De hecho para localizar el espíritu de la novela, nada mejor que mirar la fabulosa portada, una de las mejores de la colección Gran Super Terror de Martínez-Roca (que tanto se añora): un metro donde se adivina una carnicería a lo Clive Barker. Y sí, Clive Barker y Stephen King planean por la novela, pero no sólo ellos.


La historia trata de la llegada de un vampiro malo, malvado, pero a rabiar, a un Nueva York a finales de los 70, en esa enorme maraña de tribus urbanas, gente de toda clase que comparte el transporte público, y sentimiento de alienación tan típico de una gran ciudad. La víctima de este vampiro para que sea su cómplice es un post-adolescente inmaduro, aprovechado, vestido a lo gótico para justificar de alguna forma un nihilismo caprichoso, y que además también tiene su cierta dosis de maldad. Tras esto nos encontramos con un puñado de personajes urbanitas, algunos conocedores del chaval vampiro, otros no, que deciden alzarse en estacas contra él, mientras el chaval vampiro hace de las suyas y descubre lo bueno y lo malo del vampirismo.


La gracia de esta historia está en muchísimos detalles irónicos y de humor negro, y en otros referenciales que estimulan el corazoncito friki de cada uno. Lo primero es que, como ocurre en muchas novelas de Stephen King, los autores dejan claro que un vampiro es algo realmente nocivo en una ciudad, pero ni de lejos lo más nocivo que le ocurre. Nueva York es una ciudad con tanta gente, con tal índice de delincuencia y de actos irresponsables, que la aparición de lo paranormal apenas llega a extrañar a nadie, al igual que en Salem's Lot de Stephen King el vampirismo no era ni de lejos lo peor ni lo más malvado que ocurre en ese pueblo. También es destacable el toque que tienen Spector y Skipp para retratar el corazón fascinante de esa ciudad en esa época determinada, pues sus personajes no paran de recorrerla y de encontrarse otros caracteres mientras avanza la historia.


El segundo detalle estimulante está en el mencionado carácter referencial. Cada personaje conoce el vampirismo por una fuente distinta, y esto llega al punto de que cada uno describe (es decir, los escritores describen el pasaje de cada personaje) las cosas según esa fuente: el aficionado a los juegos de rol se mete en oscuros pasillos levemente iluminados por antorchas, el aficionado a la Hammer ve barroquismo y exageración sanguinolienta, y la fanática de Anne Rice ve un carácter erótico al vampiro del que le resulta difícil escapar. El terror, fuera de esos guiños, tiene dos vertientes: la del suspense, bien llevada, y la sangre; John Skipp y Craig Spector se conocen como los creadores del "splatterpunk" por este libro (es decir, violencia y sangre a ritmo efectista), y, aunque estan muy por detrás de Clive Barker cuando tiene uno de sus días, el gore que narran es fresco, viscoso y bien carmesí. Me llamó la atención que se reiterara la rara sinestesia de "rojo blanco", que queda perfecta para una escena de dolor, pero algo ridícula por la repetición.


En definitiva, "La luz al final del tunel" narra cómo un vampiro hace de las suyas, cómo un grupo van a su caza, y de un escenario nocturno tan atmosférico y terrorífico como el Nueva York de "The Warriors". Metros, pubs de madrugada, parques públicos, y por otro lado infidelidades, sexualidades reprimidas, sentimientos religiosos encontrados, y un vampiro mucho más vulnerable de lo que él cree, forman un fresco de ese terror variado que se podía disfrutar hace unos años. Lástima que ahora en las estanterías sólo se vean los tópicos de Valdemar, Stephen King, Dean Koontz y Anne Rice, como si no hubiese un divertido, sangriento y estimulante mundo más allá.


Y perdonad por, otra vez, poner los dientes largos con un libro descatalogado.


Carlos Jürschik

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